BOVEDA CELESTE

Alejandra Montero A.
Esta es mi bóveda celeste, un poco de mi para el infinito universo.
Estudiante de diseño gráfico y muchas veces alguien que ve por el lente.

If we have goals and dreams and we want to do our best, and if we love people and we don’t want to hurt them or lose them, we should feel pain when things go wrong. The point isn’t to live without any regrets, the point is to not hate ourselves for having them… We need to learn to love the flawed, imperfect things that we create, and to forgive ourselves for creating them. Regret doesn’t remind us that we did badly — it reminds us that we know we can do better.

de mi para vos. 

donde sea que estés.

El año veintitrés.

El año veintitrés. Tengo veintitrés años y una cadena de errores me llenaron los pies de grilletes. Me quise levantar, encontrar la llave y fue tarde, ya se había marchado. Rápidamente removí mis sábanas, quité una camisa rota, alcé mi cartera y no estaba. 

A mi padré le pregunté por su lista infinita de dudas, aciertos y desaciertos a sus sesenta años. Las hay, las hubo y las habrá, la vida y cada laberinto, cada calle nueva, cada una nos lleva a un sitio nuevo donde habrán monstruos y dichas, alegrías y dolores.

En el año veintitirés en Costa Rica eliminaron la Ley de la Ambulancia. La capital ya no estaría rotando de provincia en provincia, si no que se concentraría en un solo punto. El poder, qué hacer con tanto poder? Se quiere desligarse de un Imperialismo, pero son pioneros y tienen ambición, pero se necesitan herramientas, acertar y errar.

¿Qué hacer cuando andamos por tantas avenidas y los edificios parecen ser todos iguales? Los paredones son altos, desgastados, sombríos, solo se divisa un manto colgando, lleno de hebras, desteñido y sucio. Corría y me encharcaba los pies, no había reflejo de mi rostro en esas pozas. Mi cuerpo se desgastó y pronto me fui quedando dormida en la azotea de uno de los edificios. Cuando me levantaba, revisaba la hora para poder ubicar mi cuerpo y ayudarlo, pero solo tenía hebras que colgaban sobre mis ojos y un viejo colgante de grullas de papel. 

Pasaron días. Su voz llegó a mi fragilmente, una luz amarilla mortecina colgaba de su mano. Mis ojos comenzaron a abrirse y sentí el acogimiento con un manto blanco. Se fue y nuevamente reposé sobre las losas azules. 

Cuando te vi, estabas cruzando un túnel opaco y un manto negro cubría los árboles y te enraizaba al árbol seco. Me desperté gritando y enmudeciendo de nuevo. 

Busqué a mi padre y le pregunté por las ideas que se diluyen, las que siempre están, las que se van, las dudas, esas dudas. Quería estar en un sitio donde lo edificios no me derribaran, en donde no tuviera que acostarme en una azotea y ver la neblina. Subí una vez más, cerré mis ojos y grité por los perdones que me ataban, mis ecos llegaron muy lejos, aun no comprendo bien a donde tienen que llegar. Aun falta mucho camino.

Caminaré una vez más por las ciudades, pondré mi cuerpo sobre esos verdes y rojos, veré luces de los faroles y regresaré a esos sitios. Mis piernas andarán por avenidas y no temeré por los paredones.

El poder sentir.

Se desplomaban lentamente las vasijas terracota. Los balcones blancos que se pudrían por el enraizamiento de las hojas abrieron grietas esa noche y conforme la noche se fue enfriando y una oleada de sábanas blancas empujó las ramas de las plantas. Dormía hacía unas cuatro horas, pero sentía que habían pasado muchas más, como quienes caminan en fila y esperan para ser ejecutados, esas sombras que hay entre ellos, cortas y que no indican más pasó que el de un metro para acercarse al gatillo y colapsar. 

Abrí mis ojos justo en el momento en que un pequeño remolino de polvo pulvorizado se levantó explosivamente en el suelo. El torbellino terracota se oscurecía por los restos de tierra y ondulaciones venenosas se confundían. 

Había escuchado que algo se había caído y me levanté para asegurar el pestillo de las ventanas y noté que ninguna de mis plantas estaba. Entre mis pies pude sentir algunas piedras blancas, como restos de la noche, un cal que me llevaba a algunas playas años atrás. Tanteé mis manos y mis brazos y me posé. Trataba de observar la noche, de no perderme entre la luz callejera y algún grito de alguien a la distancia. Remojaba mis labios, secos y quebradizos. 

Regresé al interior de mi habitación, busqué mis llaves y bajé a recoger los restos. La mancha terracota en el suelo había manchado mis manos y mi manto blanco. Me senté a contemplar los pétalos que se estaban secando y como sus colores se iban calcinando poco a poco. Envejecían en un abrir y cerrar de ojos. Así me fui quedando dormida, había dejado la puerta de casa abierta, las llaves tiradas junto a mi cuerpo. 

Amaneció, sentí el olor de alguna comida preparada, los carros iban y venían lentamente. Era aún muy temprano. Una voz suave recorrió mi piel y con sus manos me despertó. Pude ver sus ojos brillantes y un cabello oscuro. Recogí mis llaves y él se acercó como para intentar levantarme, le sonreí esquivamente y regresé a casa. Su presencia se esfumó como las luces rojas y verdes que se pierden cuando cruzo caminos y no veo hacia atrás y de nuevo esperaba otra noche para que algún resoplido de la vida me dejara seguir tendida, cambiando mi cuerpo de posición, durmiendo a cuestas, sin que las respiraciones que iban y venían no me sobresaltaran. No pertenecía, ni mi sueño ni mi tiempo a un solo lugar.

flores en una tarde

en mi jardín

y desde mi ventana no se cayeron los vasos terracota

En el jardín

En el jardín